LA HORA DORADA


El nombre del bosque no era ya recordado, era uno de los pocos que sobrevivió a las grandes guerras de eras pasadas. Quizás hayan pasado por sus cercanías o incluso puede que lo hayan cruzado y no lo sepan. Alrededor de un fuego pequeño, donde algunos recipientes buscaban calor para las infusiones, un grupo de montaraces intercambiaba noticias y saludos desde los puntos más distantes de la estrella que los reunía bajo la bóveda estrellada de un cielo calmo y amable. Los rostros eran parcos y torvos pero hablaban con amabilidad entre ellos hasta que un sonido delató la presencia de alguien en las inmediaciones, detonando una seguidilla de movimientos silenciosos, señas, arcos tensos y aceros a medio desenvainar. - Ardaûr, hijo de Ardehall - murmuró una voz desde detrás de unos arbustos - Busco noticias y consejo urgente de los míos, por la lealtad a las siete estrellas. El alivio se sintió en toda el área que rodeaba el improvisado campamento, los hombres abandonaron las sombras con una expresión de calma pocas veces vista por los lugareños. Avanzaron hacia el recién llegado saludando a la usanza antigua e invitándolo a tomar un lugar junto al fuego. El muchacho, que no tenía más de 20 años, estaba famélico y aceptó con una mezcla de alivio y vergüenza los alimentos que se le ofrecieron para luego devorarlos con fruición. - La sombra ha vuelto, mis hermanos - dijo unos instantes después de vaciar el tazón de caldo - Y desde que comencé este viaje no había tenido de los nuestros más señales que algunos rumores en sitios distantes y aislados. Como en las antiguas historias, la gente tiene una aversión natural hacia nuestra condición de errantes y poco y nada de ayuda he recibido desde que me puse en marcha. Los demás se miraron entre sí, los gestos que intercambiaban variaban pero lo escucharon atentos toda la noche. Era casi la madrugada cuando el joven terminó su relato. Una historia parecida a la que portaban los demás errantes que completaban el círculo alrededor del fuego. - La pena está cerca de los hombres - dijo uno de los hombres de mayor edad - Mi nombre es Vandamir y he viajado años por caminos que me trajeron aquí a buscar consejo nuevamente. Los hombres se han vuelto tristes, desconfiados y tienen el miedo en su interior. Algo pasa y está atacando directamente al corazón de los hombres y, si no es un signo del despertar de la antigua sombra, es el albor de una nueva amenaza pues si bien los efectos son sutilmente distintos, pero totalmente eficientes, a la hora de desmoralizar a los pueblos. El viejo se sentó, los demás comenzaron a murmurar entre ellos hasta que uno tomó la palabra poniéndose de pie. - Darion es mi nombre, aunque me conozcan por tantos otros - dijo con una voz amable y casi musical - Y ahora recomiendo un breve receso para que podamos establecer algunas guardias y descansar un poco, pues en algunas horas deberemos ponernos en movimiento. La oscuridad se ha levantado y no podemos quedarnos quietos mucho tiempo más pues...- La flecha que rozó la capucha de Vandamir golpeó el pecho de Darion derrumbándolo en el acto. Los montaraces actuaron casi como una sola mente, alejándose del fuego y desapareciendo del círculo de luz que irradiaba la hoguera. El bosque enmudeció de golpe, como si cada criatura contuviera la respiración. Los instantes se hacían eternos hasta que desde lo alto de uno de los árboles, un arco comenzó a cantar, haciendo silbar las flechas en varias direcciones. Algunos gritos y gruñidos estallaron en las sombras y los orcos emprendieron una retirada desesperada, sin volver a disparar un sólo dardo. Cuando se reunieron de nuevo ya había amanecido, la hoguera era sólo un puñado de ascuas. Los hombres, exhaustos y heridos, se reunieron en torno al cuerpo de su capitán. Uno de los montaraces se acercó a Ardahur a grandes zancadas. - Este es el traidor - gritó derribándolo de un golpe - ¡Guió a lo orcos hasta nuestro campamento y nos demoró con esa estúpida historia para que prepararan el asalto! ¡Caras se pagan las muertes de nuestros camaradas! - Otro encapuchado se interpuso separándolo del joven derribado. - Basta, Eniron! - dijo calmadamente mientras lo empujaba levemente con su mano izquierda - Si no sueltas el mango de tu espada esto se pondrá peor de lo que es, y ya de por si es malo. - ¿Acaso le crees a él, Alume? - gritó Eniron mientras soltaba de golpe la empuñadura de la espada que le colgaba del cinturón - ¿Le crees a un extraño que aparece en nuestro campamento horas antes de un ataque antes que a alguien que hace años que sangra a tu lado? Los demás los rodearon y el viejo montaraz alzó la voz en tono solemne. - Nadie hará nada hasta que le demos una despedida al capitán, hermanos y por cierto que nadie empuñará un arma en este campamento si no es para combatir enemigos. Los demás bajaron la cabeza, Eniron, tras una larga mirada del gigante Alume, tendió la mano a Ardahur ayudándole a incorporarse. Rápido distribuyeron las tareas y se alejaron del campamento dejando a Eniron y Ardahur custodiado el cuerpo del capitán. - ¿Que te ofrecieron, sureño? - dijo Eniron apretando los dientes - ¿Cuánto les cobraste por este hombre? Ardahur lo miro en silencio, lloraba de rabia y estaba dispuesto a Saltar sobre el otro, pero bajó la cabeza. - No atacaré a un hermano - respondió. Eniron desenvainó su cuchillo y lo clavó en el suelo junto a la cabeza del capitán. - ¡Por este hombre juro que te mataré! - dijo volviendo a golpear a Ardahur - Y sólo con mis manos. Ardahur cayó junto al capitán y, entre los golpes que recibía, vio el pulido brillo del puñal empañarse junto a los labios de Darion. Ardahur recibía los golpes sin reaccionar, no se defendió de la acometida ni de los violentos puñetazos que recibía, hasta que comenzó a gritar señalando el cuchillo. - ¡Está vivo! ¡Aún respira, Eniron! - grito vaciando los pulmones. El agresor tomó el cuchillo e inspeccionó la hoja sin soltar el cuello de Ardahur. Una luz de asombro le brotó de las pupilas al ver la traza de humedad dejada en la hoja del puñal. Por un instante, creyó que el traidor descubierto trataba de asir el cuchillo y la intención de Eniron era apoderarse de él primero para ponerle fin a la vida de aquel que los había traicionado, pero ahora dudaba de todo y no era un buen momento para dudar. - Hay que buscar a los otros - dijo Ardahur jadeando violentamente - Tengo algunas hierbas en mi bolso para heridas, tal vez pueda... - ¡No te dejaré sólo con él, perro de Harad! -Soltó de golpe saliendo de sus cavilaciones y enfundando el puñal - ¡No dejaré que lo remates! - ¡Entonces yo buscaré al resto! - dijo y trato de incorporarse, pero un movimiento amenazante de Eniron lo detuvo. - ¿Pretendes que te deje escapar, no? Ardahur miró a su compañero con desconcierto. No sabía que decirle, desvío su vista hacia Darion que tenía el semblante totalmente pálido y un tono azulado en los labios. Reconoció instantáneamente la presencia de veneno en la herida y de sus ojos brotaron lágrimas que nublaban su visión, casi con un murmullo suplicante, volvió a hablar sin sacar su vista de las facciones del capitán. - Morirá, Eniron - dijo con la voz enronquecida - Va a morir por nuestra culpa. - Va a morir por que nos traicionaste - Eniron replicó meciéndose los cabellos, su desesperación no tenía par, realmente no sabía qué hacer. Ardahur soltó el morral que llevaba cruzado bajo la capa, arrojándolo a los pies de Eniron. - Ahí encontrarás Athelas - Dijo señalando la bolsa humilde de cuero - Seguro las conoces, ¿puedes administrarla? - ¿Vas a decirme que un puñado de hierbas secas va a salvarlo? - Eniron miraba la flecha clavada aún en el pecho de Darion - ¡No trates de engañarme! - Escucha - Ardahur trató de serenar su voz mientras comenzaba lentamente a incorporarse - Hay que calentar el agua, reúne la leña que queda cerca mientras veo cómo sacar la flecha. - ¿Estás demente? – gritó nuevamente Eniron - ¿Pretendes acaso rematarlo? - Si los quisiera muertos no me hubiera expuesto a quedarme en medio de una batalla, contra un grupo de montaraces que ni siquiera habían organizado un perímetro y algo de vigilancia, necio - Ardahur estalló de golpe acercándose a Eniron poniéndole el dedo índice en medio del pecho - Los orcos no son tan inteligentes y se fían tanto de nosotros como nosotros de ellos, así que si aún crees que podría haber pactado con ellos, más te vale degollarme aquí mismo o déjame tratar de hacer lo que pueda para salvar a Darion. Un extraño cambio se produjo en ese momento en el joven montaraz, hace algunas horas, al llegar al campamento suplicaba consejo para combatir la sombra, sólo para descubrir que la sombra se filtraba en todas las personas, llenándolas de miedo y desconfianza. Y el miedo lo abandonó al ver agonizando a un hombre noble que trataba de inspirar a los demás abatido por una flecha que partió desde la oscuridad en un ataque cobarde y típico del enemigo de los pueblos libres. Ya no temió morir, aún por la mano de otro montaraz, pues supo que no podía vivir en un mundo donde no pudiera confiar en los demás. Esa súbita resolución fortaleció su voz y templó su esencia. - Ayúdame o mátame, Eniron, da lo mismo - dijo con voz clara y vibrante - Porque si no puedo confiar en un hermano montaraz, ya estoy muerto. Eniron volteó y comenzó mecánicamente a recoger ramas secas, apilándolas sobre las ascuas de la hoguera. Ardahur buscaba lo más rápido que podía algunas hierbas y un pequeño mortero de viaje que llevaba en su morral. Cuando las hojas de Athelas cayeron en el cuenco rebosante de agua caliente una fragancia reconfortante inundó el claro del bosque, calmando y despejando la cabeza de los dos montaraces que comenzaron la delicada tarea actuando como si se hubiesen puesto de acuerdo. Mientras Ardahûr preparaba empastes de hierbas, Eniron despejaba la zona donde estaba la flecha, desgarrando la camisa de Darion y derramando agua sobre su pecho para limpiar la herida. Dio un sobresalto y señaló al capitán. - Mira eso, Ardahûr! - dijo atónito - sabes acaso qué es? Una mancha se extendía en espiral desde la herida propagándose hasta cubrir casi la mitad del pecho con un color verdoso y malsano. - Veneno - Exclamó Ardahûr - Más no tengo ninguna idea de cuál podría ser. Las lágrimas volvieron al rostro de Eniron mientras este trataba de desviar la vista. A una señal de Ardahûr, una rápida maniobra ejecutada en segundos requirió de toda su concentración, pues mientras él levantaba al capitán un poco, Eniron buscaba la flecha que sobresalía por la espalda y al hallarla quebró la punta, y al mismo tiempo que Ardahûr retiraba el mástil empenachado por el frente, Eniron colocó un empaste en la espalda cubierto con un lienzo limpio. Bajaron nuevamente el cuerpo, derramaron más agua sobre el pecho, colocando otro empaste sobre esa parte de la herida y lo vendaron firmemente. Se retiraron un poco viendo que la respiración de Darion se tornaba rítmica pero muy débil y que su semblante aún se hallaba ensombrecido con una mueca de tristeza y dolor. - ¿Alcanzará con esto? - preguntó Eniron. - Al menos hasta que lleguen los otros y espero que alguien sepa que más se puede hacer o cómo llamarlo, como se hacía en otras épocas. Tu capitán ha caminado en las sombras durante mucho tiempo. Una rama rota los alertó tarde. Los orcos salieron desde detrás de los árboles más cercanos rodeando el claro entre gruñidos y burlas. Avanzaron hacia ellos lentamente, cercándolos desde todas direcciones, al menos una docena de feroces orcos de diversos tamaños armados con arcos cortos y cimitarras negras de fiero aspecto. Los montaraces desenvainaron acercándose más al cuerpo de Darion que continuaba tendido a un lado de la hoguera dispuestos a defenderlo con su vida. - El resto de los suyos ha muerto - El caudillo orco se aproximó más aun bajando el escudo - Si nos dicen donde hallar más de los suyos, les daremos una muerte rápida. Los demás orcos estallaron en una carcajada que celebraba las burlas del jefe. Eniron bajó la cabeza mirando el rostro del capitán de montaraces, las lágrimas caían a raudales mientras sollozaba soltando su espada y arrodillándose lentamente. - Hablaré si no me matas - exclamó con un hilo de voz. Ardahûr salto hacia él preso de una furia ajena a su habitual carácter. - ¡Perro! ¿Me acusaste de traición frente a todos y ahora vas a vender a tus hermanos por conservar tu vida? ¿Seré yo quien te de fin! - Dijo aproximando la punta de su espada al cuello de su compañero. Eniron levantó sus manos suplicantes con las palmas juntas hacia Ardahûr mirándolo con los ojos enrojecicos de llanto y una leve sonrisa en la cara. - Tan algo de fe en mí, montaraz - Dijo en un murmullo apenas audible mientras separaba levemente las manos mostrándole las dos empuñaduras brillantes. Ardahûr reaccionó apenas con tiempo, retrocediendo un paso como para golpear a Eniron con su espada mientras algunos de los enemigos seguían riendo cruelmente ante la terrible escena y volteó sobre los talones soltando una estocada desesperada que alcanzó al caudillo en el hombro, obligándole a soltar su escudo mientras gritaba más por la furia de haber sido sorprendido que por el dolor en sí, mientras dos de los arqueros no llegaron a tensar sus armas antes de que los puñales de Eniron los alcanzaran en la garganta. La respuesta tras la sorpresa del ataque desesperado fue de una ferocidad increíble, pero desorganizada. Cada orco deseaba ser el que derrame sangre primero y se llevaban por delante tratando de llegar a Eniron, poniéndose delante de los pocos arqueros que quedaban, impidiendo que pudieran apuntar con claridad y estorvándose a la hora de enfrentar la espada del enérgico montaraz. Ardahûr había enfurecido al líder de esa cuadrilla, un caudillo enorme y extremadamente fuerte aún entre los suyos, con enormes ojos amarillos oblicuos y con pupilas parecidas a las de un enorme felino que, sin dejar de mirarlo, trataba por todos los medios de atraparlo bajo el filo de su enorme Cimitarra y aunque el joven lograba evadir los golpes efectivamente, comenzaba a fatigarse. Era muy poco el daño que los pequeños cortes que había podido asestar causaban en un enemigo brutal como ese, quien sólo debía lograr conectar un golpe para acabar con la vida de su oponente. Eniron buscaba alejar a los demás del claro, llevando a cuantos podía entre los árboles que rodeaban el lugar, insultándolos e hiriéndolos con una pericia increíble pese a su corta edad. Pero eran aún demasiados y, aunque los golpes de casi todos eran fáciles de anticipar, detenerlos a todos era prácticamente una tarea imposible. Aun así al menos tres más cayeron bajo su espada antes de que la primera flecha golpeara su pierna. Ardahûr sujetando la espada con las dos manos trato en vano de parar el golpe. El acero resonó de una manera extraña cuando abandonó su mano para caer junto a Darion, quien aún no reaccionaba, "y quizás fuera mejor así" pensaba Ardahûr viéndose desarmado ante una bestia sanguinaria a la cual ya no le bastaba matarlo y sólo pensaba en verlo sufrir cruelmente. Eniron sintió su vista nublarse, supo que pronto el veneno lo dejaría indefenso o muerto y atacó con un rugido digno del viento del oeste. Morirían defendiendo al capitán. En el desesperado ataque el joven montaraz derribó a dos de los orcos que tenía frente a él y cargó directamente contra el jefe de la abominable cuadrilla, quien acababa de derribar a Ardahûr de una terrible patada tras desarmarlo, pero fue reducido casi sin esfuerzo por la sanguinaria bestia, quien advertido por el grito que este lanzó al atacar esperaba la embestida y, con una destreza superior a los demás orcos, derribó a Eniron casi en el mismo lugar que a Ardahûr. Exactamente junto al cuerpo de Darion. El orco sonrió mostrando dos horribles hileras de dientes cónicos y amarillentos mientras avanzaba con los ojos desorbitados de furia. Colocó un pie sobre Ardahûr y golpeó con la empuñadura de su Cimitarra a Eniron, dejándolo aturdido e indefenso. - Antes de morir, pequeños, verán como desgarro el cuello de su hermoso capitán con mis propios dientes - gritó abriendo sus fauces y acercándose lentamente a Darion. Una hoja delgada de acero ingresó por debajo del mentón de la bestia, subiendo hasta llegar al interior de la enorme cabeza que se derrumbó sobre el pecho del capitán. Darion soltó el arma y resoplo con dificultad. - ¡Iros, enemigos de los pueblos libres! - les gritó a los orcos que aún quedaban rodeándolos mientras se levantaba apartando el cuerpo inerte del caudillo - ¡Iros y contad que los montaraces los perseguirán más allá de la misma muerte! A medida que hablabla su voz crecía en fuerza y claridad. A pesar de estar desarmado los torpes lacayos de la oscuridad no dudaron en emprender la retirada sin llegar a ver como volvía a derrumbarse. - Capitán - Susurró Eniron mientras lloraba tomándole la mano - ¡Volvió para salvarnos! - Y volvió sólo - añadió Ardahûr - No sabíamos cómo llamarlo, ni que más hacer. Darion miro a los muchachos heridos y sonrió. - Fueron ustedes quienes se asomaron al más oscuro camino, poniéndose al alcance de la muerte, acercándose a mí para sacarme de las sombras. ***** El bosque quedó atrás hace muchas jornadas, los tres sobrevivientes erraron buscando a sus compañeros por sendas cuyos nombres cayeron ya en el olvido, aplicando todo su conocimiento sobre los rastros que dejan las criaturas que moran en la tierra media. Una tarde, Darion tomó la palabra frente a la hoguera que los amparaba a la vera del ultimo sendero. - Hemos de seguir, la búsqueda de nuestros hermanos es prioritaria, mas no solo la de los que perdimos, sino tambien de los que aún no nos han encontrado. Hay montaraces en toda la tierra media esperando encontrar un hermano para combatir la sombra tal y como ustedes hace escaso tiempo. - ¿Acaso vamos a separarnos? - preguntó Eniron - tus palabras tienen un aire de despedida triste. - Hay tristeza en mí - respondió despacio el capitán - Pero no por la partida sino por saber que hemos demorado mucho en la tarea y, efectivamente, creo que separados podremos cubrir más terreno, buscar más brazos que nos ayuden y movernos con mayor libertad. Ardahûr sollozaba mientras asentía, cubriendo su cara con la capucha de la capa. - ¡Ánimo, camaradas! - declaró poniéndose de pie, observando la puesta de sol - Es la hora dorada y los montaraces la usamos para oír historias y contarlas, para poner fuego y valor en los corazones. Algún día alguien oirá la historia que acabamos de vivir y cobrará valor para ir en busca de los nuestros. Porque somos montaraces y el sol cae en el oeste, nuestra tierra de origen, esta es nuestra hora ¡aunque la oscuridad cubra el mundo, pelearemos contra la sombra!- Secó sus lágrimas, miró a los jóvenes y sonrió - Porque esto es lo que somos.


Escrito por Martín Iaquinta

Fotografia: Natalia Dufour

Produccion: Alma Rodante Producciones

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