EL CIELO DEL MONTARAZ

Había entrado a la taberna más temprano que la mayoría de los que estaban ahí. No se sentía a gusto en el gentío, el sonido de tantas voces al mismo tiempo lo aturdía.

El silencio de los campos le ayudaba a pensar, a mantener la mente clara y los oídos alerta, pero muy de vez en cuando, sea por la búsqueda de noticias o por la suerte que en la caza le permitía extraer del yermo algunas pieles para vender, no podía negarse a sí mismo una cama que no fuera su manto, un refugio que no hubiera construido con sus manos o una comida caliente que no haya tenido que cazar.

Y, no hay deshonor en admitir que llevaba meses bebiendo agua de los arroyos del último deshielo y la cerveza de las tabernas linderas al yermo era por mucho, superiores.

Conseguir tabaco o hierba para pipa era muy difícil más allá de las aldeas y su provisión se había terminado hace tiempo.

Comía rápida y gustosamente, disfrutando un queso bien estacionado y especiado como pocas veces recordaba haber comido, y la carne le recordaba las celebraciones de su infancia, cocidas finamente en asadores sobre brazas y no secas, saladas o calcinadas sobre una hoguera improvisada.

Su humor mejoraba a cada momento bajo la capucha – que conservaba en la cabeza por costumbre –, una mueca que en otros tiempos hubiera sido semejante a una sonrisa se dibujó en su rostro al encender su pipa con la vela que estaba sobre la mesa.

Por la ventana vio que llovía torrencialmente y sintió el alivio de saber que pasaría la noche con las ropas secas, sin preocuparse por el cierre de ningún camino o la crecida de algún arroyo. Hoy estaba cubierto, seco y con el estómago lleno, algo que los montaraces rara vez experimentan en su vida.

Obviamente, no dejaría sus tareas aunque le garantizaran vivir así el resto de su vida. La vida a la intemperie es dura, pero la amaba, así como el combate con la sombra lo había llenado de cicatrices, le había permitido también conocer a los mayores y leales camaradas que un hombre pudiera hallar.

Elevó la vista hacia las vigas del techo, invisibles para la mayoría pero claras para él, aún tiznadas de hollín permitían ver los dibujos de la madera, que mentalmente cambiaba por constelaciones y estrellas entre el humo que se acumulaba progresivamente, e imaginó el avance de las horas mientras fumaba despacio y relajadamente.

Había dejado de soñar hace años con una vida normal, una granja cerca de la aldea y niños jugando con espadas de junco en la huerta al caer la tarde, pero esa noche, al abrigo de las paredes de la vieja posada, su mente se llenó de imágenes que habían permanecido ocultas en su cabeza demasiado tiempo.

Sus ojos brillaban, más que por la cerveza, por imaginar un hogar sencillo y apartado, lleno de risas, canto, música y paz donde cada día tuviera una tarea clara y concreta, una seguridad que le permitiera sembrar y cosechar.

Frunció el ceño y sacudió la cabeza, casi molesto, con esas visiones. Elevó su jarro en clara señal a la camarera y se preparó para “el último”.

Realmente, era una bebida de cuidado, una cerveza superior solo para este tipo de condiciones. El cuerpo se relajaba demasiado y la cabeza se volvía errática bajo su influencia, era ideal para dormir bajo techo en un lugar seguro.

El sueño volvió sus párpados pesados y amenazó más de una vez con dejarlo dormido en la mesa. Apuró el jarro, vació la pipa y llamó discretamente al posadero para abonar la cuenta y consultar por las habitaciones, soltando el propietario una catarata de elogios sobre comodidad, calor y el excelso descanso que aseguraba su elección llamando en el momento a la mesera para que lo acompañe.

Sea por abandonar unos instantes el salón ya de por sí abarrotado, la camarera le sonrió amablemente indicándole que lo acompañe a la planta superior donde al parecer había una habitación con chimenea propia y calor natural.

La siguió por escaleras y pasillos angostos haciendo el menor ruido con sus cosas para escuchar la descripción de las comodidades que le aguardaban por un módico precio. Había pasado mucho tiempo sin que alguien le hablara amablemente y quedó maravillado con el tono de voz de la muchacha y realmente sintió el peso del silencio cuando ésta se retiró cerrando delicadamente la puerta de la habitación tras atizar el fuego que ahora entibiaba el ambiente.

Cuando la muchacha se retiró no pudo evitar reprocharse su falta de cortesía, no se había siquiera presentado o inclinado la cabeza amablemente para agradecer tanta amabilidad. Nada le costaba decirle “Gracias, mi nombre es Vander, es un honor conocerla” o alguna frase así.

En la cálida penumbra encendió nuevamente la pipa preparándose para descansar. Tras breves instantes de calma oyó una voz desde la sombra de la habitación.

Su nombre sonó en un susurro helado más no hostil, su verdadero nombre no uno de los tantos apodos y formas de llamarlo que la gente usaba para referirse a él fue lanzado desde la oscuridad.

Desenvainó lo más rápido que pudo, pegando la espalda a la pared, tratando de aguzar la vista en la penumbra que rodeaba la estufa encendida, debía ganar la puerta o buscar la manera de combatir a oscuras.

– Que mi nombre sea Trancos te hará saber que somos parientes, montaraz, y si te dijera mis otros nombres sabrías además que soy tu capitán.

Vander respiró aliviado, se acercó al hogar y se sentó en una silla baja a un lado de la estufa haciéndole señas de que lo acompañe.

– No hay tiempo de historias junto al fuego – dijo Trancos serenamente – En cualquier momento cuatro hobbits entrarán a la posada y dado que el mago no ha llegado deberé asegurarme de que lleguen a Rivendel rápido y en una pieza por lo que tu deberás viajar esta misma noche hacia la Comarca pues en los vados del sur te esperan tus hermanos, vienen tiempos difíciles y te necesitamos ahí.

Una mueca parecida a una sonrisa apareció en el rostro de Vander mientras comenzó a chequear sus pertrechos para empezar el nuevo viaje. Era quizás mucho pedirle a la suerte una noche en un lugar seguro y seco durante un aguacero. Limpió su pipa y la guardó en la bolsa de cuero que le colgaba de un cordel en el cuello y se alistó para salir por la ventana, más antes de que pudiera abrirla una mano en el hombro lo detuvo y una pesada alforja con provisiones que incluía tabaco y algunos frascos con conservas fue puesta en sus manos pero no llegó ni a agradecerle, su interlocutor volvió a interrumpirlo.

– En el establo hay un caballo gris y blanco, no es rápido ni bello pero te llevará más cómodo hasta el vado de Sarn donde los nuestros te esperan y lleva mi capa, el agua no pasa a través de esta tela y yo necesito que la gente crea que soy el mismo montaraz que han visto subir con la hija de Cebadilla, así que necesitaré tu manto.

Casi con vergüenza Vander le extendió su capa de un verde olivo muy gastada por demasiado tiempo a la intemperie y a cambió recibió un manto algo más pesado pero de muy buen tamaño que lo mantendría seco y abrigado mucho tiempo.

Bajó por los tejados hasta el establo donde un pequeño hobbit encargado de los caballos le hizo un guiño que no llegó a entender. Montó y se internó en la lluvia que lo recibió más amablemente que otras veces, porque tuvo conciencia por primera vez en muchos años que lo que muchas veces llamó deber u obligación no era más que una elección de vida que cada día podía cambiar y elegía no hacerlo. Porque de eso se trataba ser un montaraz, y eso era lo que sentía cuando repetía bajo el aguacero, mientras se alejaba de Bree “es quienes somos”.


Escrito por Martín Iaquinta

Fotografia: Natalia Dufour

Produccion: Alma Rodante Producciones


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