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CIUDADES MEDIEVALES


Ciudad Medieval de Cesk, República Checa.

La ciudad, que fue un elemento básico del Imperio Romano, había experimentado un notable retroceso en los siglos que siguieron a su caída. Pero posteriormente resurgió. En tiempos del Imperio Carolingio, ante todo a partir del siglo IX, aparecieron por todas partes pequeños centros, casi siempre localizados en las cercanías de las viejas ciudades de origen romano o circunscriptas a un castillo, en la que se concentraban artesanos y mercaderes.

Sin embargo, fue después de haber superado el año 1000 cuando se consolidó en Europa cristiana el renacimiento de la vida urbana. Los principales protagonistas de estos centros fueron, desde el comienzo, comerciantes, banqueros y artesanos. Entre sus principales instituciones públicas, se encontraban sedes del poder, catedrales, universidades y escuelas. También eran lugares centrales el mercado y los talleres artesanales.

La ciudad tenía diversos elementos que la diferenciaban claramente del entorno rural. En ella, solía haber un poblamiento concentrado y compacto. Su fisionomía urbanística también ofrecía rasgos singulares, entre los cuales cabe señalar la presencia inequívoca de una muralla o cerca. No hay ciudad que no tenga muralla en la Edad Media. En muchos casos, el crecimiento de la población llevó a la construcción de nuevos recintos amurallados concéntricos. Además de varios torreones de vigilancia, las cercas tienen varias puertas que se abren al amanecer y se cierran al caer la noche. En conjunto, la muralla otorga un sentido de pertenencia común, permite registrar la entrada y salida de personas y permite cobrar peajes por el ingreso a la ciudad.

Murallas de la ciudad de Carcassonne (Francia). Carcassonne. La puerta de Narbona, situada al este, se construyó hacia 1280 bajo el reinado de Felipe III el Atrevido. Se compone de dos enormes torres en espolón. Su nombre se explica por su orientación hacia Narbona. Existe una segunda puerta de acceso a la ciudad.


Acerenza (Italia).




Muralla de la Ciudad de Morella (España).




Morella, puerta de entrada (España).

Puerta de entrada a la villa medieval de Pedraza, Segovia (España).

Teruel (España). Puente de San Roque y puerta de entrada a la villa.

Teruel, puerta de entrada a la villa medieval. El trazado urbano era sinuoso e irregular, con zonas despobladas y otras con una ocupación sumamente compacta. El ordenamiento era espontaneo, según la necesidad del momento. Las ciudades tenían diferentes barrios que agrupaban a la población en función de su procedencia, su religión o su actividad. El centro de la vida urbana lo ocupaba la plaza, donde se ubicaban los edificios más representativos (altos, construidos en piedra y de varios pisos), como la catedral. .Vista de la catedral de la ciudad italiana de Siena. Además, los edificios de gobierno ocupan un lugar central en los contornos de la plaza principal; que pasan a ser parte habitual del paisaje urbano. Allí se acuña moneda (como el Florín en Florencia) y se elabora y se ejecuta el fuero de la ciudad. Sus escudos ponían de relieve que sus habitantes pertenecían a un linaje noble.


Plaza y palacio municipal de Siena (Italia).

De la plaza medieval, partían un sinfín de calles:

Calle de estilo medieval (Gubbio, Italia).

Estas conducen a los diferentes mercados (de carnes, cereales, pescado), centro social y económico de la ciudad. Por otras, se llega a las diferentes tabernas, generalmente habitadas por los sectores sociales más pobres del espacio urbano.

Allí se bebe cerveza y vino en grandes cantidades y, principalmente, se juega a los dados o a los naipes. Es un lugar peligroso, donde frecuentemente hay disturbios.

Si bien el hombre medieval lleva su vida social en el espacio público, en los márgenes de estas callejuelas se ubican las viviendas. En las casas hay dos habitaciones, separadas por cortinas o paredes de maderas, que se utilizan para comer y dormir. Algunas casas tenías tierras con huertos. En términos generales, las ciudades son lugares sucios, desprovistos de alcantarillas y agua corriente. En las calles hay muchos mendigos, que no están capacitados para trabajar, y se mueven de ciudad en ciudad en busca de limosna. Al mismo tiempo, la ciudad es el núcleo ordenador del mundo rural circundante. Ahora, sin duda, el rasgo sustancial que define a la ciudad medieval tiene que ver con las actividades a las que se dedicaban preferentemente sus habitantes. La ciudad renació como consecuencia de la creciente división social del trabajo, lo que explica que en ella se fueran concentrado las actividades productivas no específicamente agrícolas; es decir, la producción de manufacturas y el intercambio de mercancías. Allí, se establecían gentes de muy variados oficios, como herreros, zapateros, carpinteros, sastres y peleteros. También se destaca la diversidad de lugares de donde procedían esos artesanos. En conjunto, se los calificaba de burgueses, término que significa algo tan sencillo como residente de un burgo. En la ciudad medieval, por lo tanto, se encontraban trabajadores dedicados a funciones específicas, relacionadas con la producción de todos aquellos elementos indispensables para la vida cotidiana de aquella época. Esas funciones eran, por una parte, la práctica del comercio, que se plasmó en la puesta en marcha de mercados de carácter semanal y de ferias anuales; por otra parte, estaban las actividades artesanales. En León (España), por ejemplo, entre los siglos XII y XIII se practicaban oficios relacionados con la alimentación (carniceros, viñateros, horneros), el vestido (sastres, zapateros, calzadores), el textil (bataneros, tejedores, traperos), los cueros y las pieles (corregueros, peleteros), la construcción (pedreros, carpinteros, carraleros), los metales (herreros, cuchilleros), orfebres, olleros y alabarderos. Así como los dedicados a aquellas actividades que estaban a mitad de camino entre la artesanía y el comercio (tenderos, cambiadores) o que anticipaban futuras profesiones liberales como médicos, escribanos o abogados. Las cofradías se gestaron en función de ideas religiosas y con fines benéficos de asistencia, como la creación de hospitales y leprosarios. Los trabajadores de un mismo oficio, en cambio, tendían a asociarse constituyendo corporaciones, a las que se conocía con nombres muy diversos: artes, guildas, universidades. Estas asociaciones agrupaban a personas dedicadas a un mismo oficio y se encaminaba a defender los intereses profesionales y a facilitar el control de su producción. Los primeros atisbos de la formación de entes gremiales de los trabajadores pertenecientes a un mismo oficio cabe situarlos en el transcurso del siglo XII. Allí, los que trabajaban en una determinada actividad solían establecerse en lugares próximos dentro de las ciudades, ya fuera en la misma calle o, al menos, en el mismo barrio. Los trabajadores de un mismo oficio solían unirse bajo la advocación de un santo patrón, al tiempo que buscaban en su asociación la garantía en la atención de viudas, huérfanos y enfermos. Simultáneamente, los trabajadores agrupados pretendían también defender la actividad productiva a la que se dedicaban. Así, pues, lo religioso caritativo y lo específicamente económico se daban la mano. Cuestiones esenciales que debía atender la corporación de los trabajadores de cada oficio eran: -establecer los criterios para la distribución de la materia prima. -garantizar la mayor calidad posible en el producto acabado. -actuar contra todos aquellos que trabajaban en la misma rama de producción en forma libre, sin estar encuadrados en la corporación. -disponer de una personería jurídica y estatutos a los que prestan juramento todos los miembros del oficio. -realización de asambleas en forma periódica. -algunos gremios disponían de una capilla propia. La dirección de las corporaciones estaba en manos de un grupo de hombres a los que se podía denominar jurados o síndicos. Estos dirigentes solían ocupar el cargo por uno o dos años. Dichos cargos eran habitualmente elegidos por los maestros de las corporaciones. Las funciones de los que dirigían la corporación eran, básicamente, velar por el cumplimiento estricto del reglamento, efectuar visitas de inspección a los talleres del oficio, a fin de comprobar su buen funcionamiento y, asimismo, actuar de enlace con los poderes políticos de la ciudad. Las corporaciones de oficios tenían una estructura claramente jerárquica, estando integradas por tres niveles bien diferenciados: los maestros, los oficiales y los aprendices. Los maestros se encontraban en el vértice de la pirámide, tanto desde el punto de vista del gobierno de la corporación como en el plano económico. Las casa de los artesanos-maestros utilizaban la planta baja para el taller y la planta superior es la vivienda. Taller y casa del maestro artesano de la Edad Media. Ellos eran los dueños del taller, así como de los instrumentos de trabajo y la materia prima. Asimismo, los reglamentos de la corporación solían defender, ante todo, los intereses de los maestros. Para acceder a la condición de maestro era preciso superar una dura prueba que, desde finales del siglo XIII, consistía en la realización, frente a un tribunal, de una obra maestra. Pero con el tiempo se fueron incrementando las dificultades para alcanzar la maestría, particularmente de tipo económico, ya que para presentarse a la prueba había que pagar tasas de examen. El conjunto de los maestros terminó por constituir una casta cerrada. Era común que los hijos sucedieran a los padres en el puesto e maestro. Los oficiales eran trabajadores de los talleres artesanales. La relación de los oficiales con el maestro solía fijarse por contrato. Normalmente los oficiales recibían un determinado jornal por su actividad productiva, pero con el tiempo ganaron lugar otras formas de remuneración, como el trabajo a destajo o el pago por la obra realizada. El escalón de los aprendices estaba compuesto por jóvenes que querían adquirir destreza en un oficio. El aprendizaje solía durar unos cuatro años, se llevaba a cabo en la casa del maestro, en donde los jóvenes recibían alojamiento y eran vestidos, aunque no cobraban salario. El panorama que ofrecían las corporaciones de oficios a fines de la Edad Media había variado notablemente con respecto a la época de sus inicios. El sentido horizontal de la articulación originaria de los trabajadores de un mismo oficio había dado paso a una estructura jerárquica. Paulatinamente, la relación de los maestros y oficiales se asemejó a los de los patrones y obreros. En ocasiones, había incluso, una jerarquía dentro de los propios oficios. En Florencia, por ejemplo, había artes mayores dedicadas al tejido de la lana y la seda, artes medias, sector al que pertenecían los carniceros, los herreros y los picapedreros, y artes menores, entre las cuales figuraban los curtidores. En cuanto al comercio, la ciudad medieval conoció el auge de las actividades mercantiles. El mercader fue, en este sentido, un actor clásico de los burgos del periodo. Existían de dos tipos: los mercaderes de corta distancia, que comerciaban con la producción local y obtenían módicos beneficios; y, por otra parte, un grupo de mercaderes de media y larga distancia sumamente enriquecidos. Estos últimos, realizaban intercambios con lugares de Asia y de otras partes de Europa y se beneficiaban de las grandes diferencias de precio por la inexistencia de un mercado unificado de precios. Especialmente, los paños tenían un valor simbólico muy grande en la Edad Media, siendo un símbolo de poder por el que cualquier noble estaba dispuesto a pagar por encima de su valor. En síntesis, el crecimiento del mercader va de la mano del crecimiento de la ciudad medieval. Su riqueza le permite acercarse a la nobleza, de la que adopta sus gustos por las fiestas, por los lujos, las grandes casas, a la ropa y a la que se acerca a través de los casamientos. Las calzadas medievales eran senderos. Estos comerciantes deben transitar estos duros caminos en carros, impulsados por bueyes o mulas y asnos para transportar bienes. Para el transporte de larga distancia, los caminos más importantes seguían las rutas trazadas durante el Imperio Romano. Uno de los senderos más transitados era: -la ruta de Santiago de Compostela. En el Medioevo, las peregrinaciones fueron una excelente vía de divulgación de la fe y las creencias religiosas entre el mundo cristiano, azotado por continuas invasiones y ocupaciones de los pueblos árabes, turcos. Alrededor del año 820, se difunde la noticia del descubrimiento del cuerpo del Apóstol Santiago el Mayor en Compostela (España); esto producirá una de las tres peregrinaciones más importantes, junto con las anteriormente citadas. El Camino de Santiago tuvo diferentes rutas de entrada a la Península, aportando un fuerte desarrollo económico, un incesante intercambio cultural y un gran impulso en el arte. Se crearon numerosos templos, monasterios, hospitales, puentes, cruceros e incluso ciudades nuevas. En la Edad Media eran numerosos los caminos que conducían a los peregrinos, por tierra o por mar, a Santiago. Una buena parte de ellos aprovechaban antiguas calzadas romanas. • El Camino Francés es la ruta jacobea preferida por los peregrinos a través de la Historia. Con más de 760 Km, sigue una de las antiguas calzadas romanas “Via Traiana” usada ya por los romanos para recorrer la distancia entre la Galia y Fisterra. Existen cuatro grandes rutas procedentes de Francia y cuyos puntos de partida son: París, Vezelay, Le Puy y Arles. Las tres primeras (las más occidentales) se unen en Ostabat, atravesando los Pirineos por el puerto de Ibañeta, siguiendo a continuación hacia Roncesvalles (Navarra). • El Camino Aragonés: la cuarta ruta (la más meridional) procedente de Francia y cuyo punto de partida es Arles, agrupaba a los peregrinos procedentes de los caminos italianos (Vía Francigena), a los peregrinos germanos y a los peregrinos que venían de Oriente. • Otros Caminos importantes son: El Camino Inglés era el elegido por los peregrinos procedentes de Inglaterra, Irlanda, Escocia e Islandia. Se partía en Plymouth, Bristol, Galway, Dublín y Skalholt para arribar al puerto de A Coruña, y a veces a los de Ferrol o Noia; continuando luego el Camino a pie hasta Compostela. - La Vía Marítima o Vía Vestvegr (Camino del Oeste) era la ruta que recorrían por mar los peregrinos de los países escandinavos hasta Galicia. Esta travesía duraba alrededor de ocho días. - Y otros como: El Camino Portugués, el Camino de Valencia, los Caminos del Duero y la Ruta Catalana. En estos trayectos, a los peregrinos se unían los mercaderes, quienes estaban constantemente expuestos a robos y saqueos y sus inversiones podían ser ruinosas. El viaje por mar tampoco era más seguro; la presencia de barcos pirata podía volver ruinosa una gran inversión.

Por último, la figura del heraldo, encargado de dar a conocer las sentencias y noticias relativas al burgo por toda ciudad, nos conecta con el próximo tema: el castigo medieval. Esto nos permitirá retomar algunas de las cuestiones ya mencionadas en este apartado, como el papel central de la plaza en las ejecuciones, como espacio público al que asistían los ciudadanos para observar un espectáculo que servía como advertencia al resto de la comunidad.




REDACCION E INVESTIGACION; Cristian Lovotti (cristianlovotti@yahoo.com.ar)


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